En el proceso de la salvación hay dos pasos muy importantes que dar, y estos son: el arrepentimiento y la conversión. Por eso la persona convertida da frutos.

Cuando el pecador oye la palabra y la recibe, ve la grandeza de Dios, su santidad, su magnificencia. El pecador al estar en la presencia de Dios, se ve sucio y le pesa haber pecado contra Dios.

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Ver esa grandeza tan linda, tan santa, tan digna y él tan pecador, eso hace que se arrepienta.

Ese es el verdadero arrepentimiento, es un paso muy importante en las personas que se quieren salvar, porque nadie se salvará sin arrepentirse.

Todos hemos pecados, hasta el más bueno tiene de qué arrepentirse, la señora ama de casa, el hijo más obediente, el señor mas culto, todo ser humano tiene que arrepentirse, no se salvará nadie si no se arrepiente.

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Cuando un pecador ve la grandeza, la presencia de Dios, eso lo redarguye, le duele haber pecado, llora su pecado y entonces se arrepiente.

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Pero en la Biblia no solamente dice arrepentíos, esto no se queda ahí, hasta ahí no es la meta, hay que seguir, hay otro paso después de ese que se llama convertirse, por eso dice “arrepentíos y convertíos”.

O sea que después de arrepentirse, se da un paso más a fondo en la presencia de Dios y es que la persona se convierte.

La conversión a Dios es lo más grande que le puede pasar a una persona, eso es una experiencia única que le permite conocer la grandeza de Dios y meterse en Dios.

Por eso, cuando la persona comprende la grandeza de Dios y la recibe, no cambia a Dios por nada, porque lo de Dios es muy grande.

Cuando el hombre no conoce a Dios, se aferra a su pecado, vive su vida en pecado, pero el que se mete en Dios aborrece el pecado.

La conversión es algo tan grande, que mete al hombre directamente en la presencia de Dios.

El Señor conoce los trajines del pecador, aunque él no pecó, pero vivió en esta tierra y conoce las tragedias humanas.

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Cuando nos convertimos a Dios, nos acercamos a él confiadamente, porque la persona convertida se acerca a Dios.

La Biblia nos dice que nos acerquemos al trono de la gracia, en plena certidumbre de fe, esto sucede cuando nos convertimos.

La conversión es muy grande, Pablo habló a los hermanos en Corintios y les dijo que algunos no conocían a Dios, aunque estaban en la iglesia, es decir, eran hermanos de la iglesia que no se habían convertido.

Pablo también les dice “No erréis, las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres”.

Hay muchos de nuestros hermanos que hablan sin temor, con cuentos plebes y vulgares, nuestra boca es para alabar a Dios, no para decir groserías.

La persona convertida da frutos

Hay gente que está en la iglesia y no es convertida, por eso todo lo critican, hablan del pastor, de los diezmos, de la ofrenda, del ayuno.

Pero hay hombres y mujeres que hemos creído al Señor, y sabemos que lo que dice la Biblia hay que hacerlo, cómo no vamos a diezmar si la Biblia dice que es una bendición.

Sabemos que la iglesia del Señor se mantiene con nuestras ofrendas y diezmos.

Hay gente en la iglesia que no conocen a Dios, son unos religiosos que no se han convertido, y dice la Biblia “Arrepentíos y convertíos para que vengan de la presencia de Dios tiempos de refrigerio”.

Pero si no nos hemos convertido, ¿Cómo va a venir de la presencia de Dios tiempos de refrigerio?

Una persona no convertida, no le importa el diezmo, ni la ofrenda, sólo asiste a la iglesia, pero sus responsabilidades como hijos de Dios, como miembros de la iglesia no le interesa.

Eso no está bien, los que no conocen a Dios, viven molestando la paciencia, no obedecen, no se someten a Dios.

La Biblia dice que la carne no se puede someter a Dios, es difícil que un hombre carnal se sujete a Dios, pero el hombre espiritual, el hombre convertido al Señor está listo a hacer la voluntad de él.

En la iglesia hay una cantidad de hermanos que no son convertidos, sino sólo simpatizantes.

La conversión es una transmutación, un cambio de naturaleza, una transformación de una cosa en otra.

El creyente que no sea convertido de verdad, todavía está hecho del mismo material que tenía en el mundo.

Porque Convertir es transformar a alguien o algo en otra cosa que antes no era.

Forzar a un inconverso a que haga lo que no quiere es difícil, en cambio, la persona convertida no hay que obligarla, no hay que forcejear con él, sino que está dispuesta a hacer la voluntad de Dios a la hora que sea y donde sea.

La persona convertida por el Espíritu Santo es obediente, dócil, sana, limpia, tiene una boca limpia, unos ojos limpios, un corazón limpio.

La persona convertida por el Espíritu Santo da frutos.

La persona convertida da frutos

Pastor: Clodomiro Lobo

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