No vivo yo ahora vive Cristo en mí

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No vivo yo, ahora vive Cristo en mí

No vivo yo ahora vive Cristo en mí

Si una persona quiere ser salva debe entregarlo todo, a veces nuestro ego no nos permite entregarnos a Dios, no hay cosa mas dura que ponerse en voluntad de otro, pero en Dios nos doblegamos o nos doblegamos. Hablaremos sobre el tema: “No vivo yo, ahora vive Cristo en mí”.

Todos los seres humanos somos afectados por ese yo, ese ego que se adueña de la mente y comienza a dirigir los hilos de nuestra vida.

Hace que ese yo se sienta en nuestra mente como un señor.

Ese ego dirige también nuestro futuro, trata de sacar parte del pasado y es un yo que difícilmente es derrocado.

La obra de Dios va desde el principio hasta el fin y pasa por una serie circunstancias que conducen la vida de esa persona a una vida de perfección.

La Biblia dice, que el que empezó en vosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.

Pero esa perfección es un proceso en el que el yo tiene que ser triturado, desmenuzado o vuelto polvo, eso es supremamente necesario.

Ese es el primer enemigo a vencer cuando se predica el evangelio, que una persona diga: yo estoy equivocado, voy mal.

El evangelio es el mensaje donde el hombre se da cuenta que está equivocado y eso le duele al hombre, la Biblia dice que:

“El hombre es sabio en su propia opinión”.

El evangelio tiene un poder tan impresionante que es como una dinamita y va directamente al blanco.

A destruir ese yo cruzado en las mentes de los hombres y volverlo polvo.

Cuando el hombre despierta, reacciona y reconoce que está equivocado, se empieza a cumplir el propósito del evangelio.

Llevar ese yo a que sea crucificado juntamente con Cristo y por ende, al hombre le cuesta.

El Señor le multiplicaba los panes a la gente y a ellos les gustaba que el Señor actuara de esta manera, lo hizo dos veces, pero cuando vino la tercera situación, el Señor dijo:

“Ustedes me buscan es porque yo les doy de comer, trabajad no por la comida que perece sino por la comida que da vida eterna y permanece” y a ellos no les gustó.

Desde niño uno comienza a crecer en ese ambiente de “esto es mío y nadie me lo toca”.

A nosotros nos gusta que nos pidan perdón, pero no pedirlo a otro, que nosotros reconozcamos que hemos fallado.

Que nos hemos equivocado, eso es muy doloroso para la persona.

Pero recuerda: No vivo yo.

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Hay gente que lleva 20 años que no se habla con su papá, por eso este evangelio hay que predicarlo gústele a la gente o no.

Porque de todas maneras este evangelio donde llega toca a la persona y esta le abre la puerta.

Luego la destrucción del yo es inminente y cuando eso sucede, entonces esa persona viene de rodillas.

Nosotros seguimos en un proceso de perfeccionamiento, el yo en la vida de los hombres es muy esquivo.

Duro, presumido y altivo, tiene un alto concepto de sí mismo y no acepta errores.

También es hábil en aparentar, finge, es sutil, es un personaje exquisito y bastante peligroso.

Dios ha puesto en nosotros su mirada porque la obra de Dios no se puede hacer de cualquier manera, se hace desde un punto vista especifico.

Luego tiene un fundamento, pero quien la hace es él usando una persona.

Nosotros somos el instrumento, Dios no va enviar ángeles para hacer esta misión ni va a escoger impíos por allá que hagan la obra de Dios, nos ha escogido a nosotros.

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El propósito de Dios es conducirnos a una vida de santidad y que cada mañana cuando ese ser peligroso se levante en nuestras vidas.

Yo tengo que tirarlo al suelo y decirle: yo, tú estás muerto y lo crucifico otra vez para Cristo.

No se puede predicar el evangelio solo, ignorando que esa persona que va a oír el evangelio siga los pasos de Jesús.

Saulo de Tarso era un hombre que tuvo unos padres que también eran de la tribu de Benjamín.

Eran muy celosos y fue criado en la cultura judía de lo que ellos llamaban la ley.

Saulo fue una persona muy devota a sus creencias e irreprensible.

Llega a una edad que la fama y el mundo se abren para él, fue ilustrado a los pies de un hombre llamado Gamaliel era un rabino muy importante.

Pablo era una persona que tenía mucho conocimiento del Antiguo Testamento.

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Por esto se puede saber que era un políglota y él gozaba de un gran aprecio.

Llegó un momento en que tenía las puertas de la fama para que Saulo volara.

La Biblia hablando de Saulo dice que fue circuncidado al octavo día conforme a la ley, era del linaje de Israel.

Tenía la mano abierta de los gobernantes de la época, de los sumos sacerdotes, es decir, que tenía todo a su favor.

Pero le faltaba lo más importante, Saulo tenía un yo bien arriba y lo hacía mirar las cosas y cuando se dio cuenta que estaban predicando un Jesús por ahí.

Eso lo enfadó de tal manera que dijo: “esta gente tiene que morirse”.

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No vivo yo, ahora vive Cristo en mí.

Él sabía que un crucificado era un maldito según la ley, él estaba invadido con una fuerza que lo llevaba hasta la muerte.

Dios había puesto sus ojos en ese muchacho, dice la palabra que un día este hombre en carrera envenenada estaba buscando a los cristianos y un resplandor de luz cayó sobre él.

Relata la Biblia que cayó al suelo, quedó totalmente ciego y oyó una voz que le dijo: “Saulo, por qué me persigues”.

Y él dijo, ¿quién eres Señor? y la voz vino del cielo: Yo soy Jesús a quien tú persigues” enseguida la respuesta fue ¿Señor, que quieres que yo haga?

Eso es lo más duro que hay en la vida, entregar su voluntad, si una persona quiere ser salva tiene que entregarlo todo a Dios, negarse a sí mismo. Decir: no vivo yo.

Aquel hombre no entendía lo que estaba pasando, pero había sido influenciado por algo poderoso.

Y Ananías le predicó el evangelio a Saulo y en el momento de la decisión el yo como que quiso levantársele a Saulo.

Saulo se levanta, es bautizado y rompe de una manera definitiva con el yo.

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No vivo yo, ahora vive Cristo en mí.

Cualquier espíritu de reconocimiento tiene que morir, yo estoy crucificado con él, nosotros no fuimos hechos para estar a la exposición o como una exhibición.

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Fuimos hechos para vivir a la sombra, el que debe brillar es Jesucristo.

Él es el que hace la obra, él es quien debe crecer.

Nosotros somos simplemente obreros que necesitamos darle muerte al yo, el que tiene que vivir se llama Jesucristo el Señor.

Necesitamos estar con Cristo crucificados, es la mejor manera de servir y que las nuevas generaciones vean a Jesucristo en nuestras vidas. ¡No vivo yo!

Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne.

Lo vivo en la fe del hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.

Por: Marcos Pabón

 

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