La necesidad de perfeccionarnos

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La necesidad de perfeccionarnos

La necesidad de perfeccionarnos

La vida cristiana es un proyecto de vida espiritual, que influye en todos los aspectos, emocional, económico, social, etc. Es por eso que todos tenemos la necesidad de perfeccionarnos en el Señor.

La vida de un cristiano, según a palabra de Dios, se puede comparar con una cantidad de actividades que tiene una vinculación con nuestro proyecto; en la Biblia encontramos que la vida del creyente es comparada con una carrera.

Un viaje o un camino, este tiene una meta o punto final y claramente también tiene un punto de salida, nosotros somos verdaderos caminantes de la paz.

Es preciso mencionar que los ancianos tienen grandes experiencias que aportar, los jóvenes deben escuchar lo que estos tienen por decirnos.

Algunos mencionan que existen tres clases de personas:

  • Los tontos
  • Los inteligente
  • Los sabios

Los tontos al equivocarse, nunca aprenden de sus errores; los inteligentes son quienes al cometer un error mejoran, porque sacan análisis de sus experiencias.

Los sabios aprenden de los errores de los demás, no los tienen que vivir ellos, sino que observan en que erraron otros para nunca hacerlo ellos.

Nosotros los jóvenes estamos llamados a ser sabios, y escuchando las experiencias de los ancianos podemos nunca caer en errores que ya nos han mostrado.

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Abraham es considerado uno de los siete hombres más grandes de la Biblia, Dios le ha puesto mucha altura.

La vida de Abraham deja lecciones tanto para quienes están empezando la carrera, como para quienes van en mitad de ella.

Recordemos que estamos hablando de la necesidad de perfeccionarnos

En la Biblia encontramos desde el capítulo 1 a 11 de Génesis como es el trato de Dios, y notamos que es un trato muy universal o muy general.

Pero desde el capítulo 12 vemos que Dios se refiere de manera muy personal a un hombre.

Sabemos que Dios, así como puede moverse en multitudes, puede hacerlo individualmente de la vida de nosotros; y Dios llamó a Abraham y le pidió que dejara su tierra y su parentela, porque él lo llevaría a un lugar que le iba a mostrar.

El lugar donde vivía Abraham era uno de los más grandes y poderosos, pero no escatimó dejarlo, decidió irse y caminar con Dios.

Abraham acepta el llamado y emprende el viaje, pero desobedeció a Dios porque llevó a los suyos, y Dios había sido claro en que debía ir solo.

Llegaron a un lugar llamado Harán, este quedaba en la mitad de Ur de los Caldeos, de donde ellos venían, y Canaán.  Dios le había dicho un lugar y Abraham se quedó en mitad del camino.

Harán era una ciudad donde aún se respiraba el ambiente religioso de Ur de los caldeos, donde había una ruta comercial y pareciera ser el último lugar donde había civilización antes de adentrarse en el desierto arábigo.

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Le pareció bien a Abraham quedarse hasta ahí, hizo una pausa en el camino y parece que fue el padre quien influía en algunas decisiones.

Taré, el padre de Abraham muere en ese lugar, y Dios nuevamente le habla a Abraham y le dice:

“Haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición” Génesis 12:2.

Le dice, que ese no era el lugar donde debía estar, le repite que debe salir de ese lugar hasta Canaán.

Quizá hoy tu estas en Harán, quizá estas a mitad del camino y puede haber algunas cosas que, así como taré, influyan en ti y sean de demora para llegar hasta donde Dios quiere que estés.

Muchos pueden estar estancados, detenidos, o paralizados, pero así como Dios le dijo a Abraham, te dice hoy a ti, levántate otra vez y recobra animo porque es aún más allá donde debes estar.

Cuidémonos de estar en la mitad, porque existen quienes están en la iglesia, pero con mirada aun en las cosas del mundo, no dan frutos espirituales, porque están en la mitad, donde pueden ver fácil el retroceder.

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Si te encuentras justo en esa posición, ¿hasta cuando vas a estar ahí?, en un lugar donde no te encuentras bien.

Porque no es ahí donde Dios te quiere poner, así como no era Harán donde Abraham debía estar.

Finalmente, Abraham llegó a Canaán y hubo problemas, hambrunas y sequías, y Egipto aparentemente fue la solución.

En aquel lugar tuvo que mentir y acudir a muchas falsedades, pero Dios lo sacó y libró de todo eso, y lo llevó una vez más a Canaán.

Si no dependemos del Señor, caemos. Abraham acudió a Egipto porque llego la prueba, no acudamos a caer en el momento difícil.

Por el contrario, recobremos fuerzas en la presencia de Dios, porque existe la necesidad de perfeccionarnos.

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Esta carrera debe correrse con paciencia, esperando la ayuda de Dios y su fidelidad en los momentos donde pasamos hambres o sequías.

El cumplimiento de la promesa tardaba según Abraham y de esto es bueno entender, que nuestros tiempos no son los del Señor.

Su tiempo es el único perfecto, él sabrá cuando darnos o quitarnos y siempre lo que decida, será de bendición.

A través de medidas humanas Abraham quiso tener descendencia y hasta el día de hoy es un problema, existe la necesidad de perfeccionarnos, pero es Dios el que debe hacerlo.

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Muchas veces llegamos al lugar que Dios quiere, pero ahí nos desesperamos, ahí tomamos malas decisiones, no perdamos tanto privilegio que tenemos por tomar medidas humanas.

Debemos ser hombres y mujeres llenos de fe, de visión, de ganas, pero de confianza en Dios, y aunque el enemigo quiera de mil maneras ponernos trabas, hacernos desesperar y confundir, Dios es fiel y el hará.

Aunque estemos en el camino del Señor y el mundo parezca ofrecer las soluciones, debemos saber esperar en Dios.

Al llegar a la tierra ve que ya estaba poblada y veía solo dificultades, pero la visión de Dios era diferente.

Dios le reafirma que esa será la tierra que le dará a su dependencia, le dijo que no debía temer porque él iba a estar.

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Debemos de estas palabras apropiarnos, y entender que Dios es fiel para con los suyos.

No existe ni existirá mejor lugar que donde Dios nos quiere llevar, la carrera puede parecer dura o larga, el lugar puede parecer muy lejos, pero Dios ha prometido estar sus promesas son firmes.

Este camino es para un valiente, para quien tenga deseo y confianza en Dios, para hombres y mujeres que reconozcan la necesidad de perfeccionarnos y dejen que Dios lo haga.

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