Cómo hacer la voluntad de Dios y no la mía

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Cómo hacer la voluntad de Dios y no la mía

Cómo hacer la voluntad de Dios y no la mía

Como seres de carne y hueso que por naturaleza somos. Hablaremos del tema: “Cómo hacer la voluntad de Dios y no la mía”.

Nuestra limitada capacidad humana alguna vez nos ha llevado a dudar, pensar, hacer cuestionamientos acerca de lo que realmente es la voluntad de Dios.

Sobre todo, en las etapas más decisivas, llenas de retos y preguntas de nuestra vida como lo es la juventud.

Es justo allí, en ese momento donde iniciamos a proyectarnos como persona, donde llegamos a preguntarnos el ¿Qué deseo ser de aquí en adelante? ¿Qué quiero para mi futuro? ¿Cómo será mi familia?

Entre otras tantas cosas, qué se aspiran y planean para los distintos ámbitos que componen la vida misma (vida social, espiritual, sentimental, profesional, etc.).

Pero hay algo que debe estar por encima y antes de cualquier otra inspiración, hay un deseo que debe estar por cabeza de todo y es el más importante, el de decirle al Señor; “decido seguirte cueste lo que cueste”.

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Es un privilegio tener la posibilidad de decidir seguir a Jesús antes que al mundo, es un favor inmerecido el poder conocer la voluntad del Señor.

Es normal que como personas nos preocupemos por el mañana, es importante y necesario soñar.

Pero lo que muchos lastimosamente olvidan es que primeramente está la búsqueda del reino de Dios y su justicia.

Después todo lo demás será añadido, y lo mejor de todo; es que es añadido bajo sus designios divinos.

Es sencillo hacer esquemas con nuestra vida, es fácil y hasta lindo tener planes diseñados para el mañana.

Pero alguna vez le hemos preguntando a Dios si ¿eso es lo que él quiere para nuestra vida?

Aquí no se trata de lo que nosotros queramos, aquí se trata de los propósitos que el Señor tiene con cada uno de nosotros.

Cuando se tiene una firmeza espiritual, lo que más anhela nuestro ser es siempre hacer la voluntad de Dios.

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Pero ¿Cómo sé realmente cuando es la voluntad de Dios? ¿Qué debo para hacer para conocerla? Y además de eso, ¿Cómo puedo lograr que ese sea mi anhelo por encima de cualquier otro deseo?

Principal y primordialmente, para conocer la voluntad de Dios, yo debo tener comunicación con él.

Hay mucha gente que distorsiona lo que realmente significa tener una comunicación con Dios, creen que solo basta decir, gracias al levantarse y gracias porque hay comida en la mesa.

La verdadera comunicación con Dios va más allá que 5 palabras de rutina que se pueden decir a diario.

Es sentir que se está con Dios en cualquier momento, sentir su presencia en momentos inesperados y son esos encuentros tan personales los que van dirigiendo la vida y aumento la verdadera relación con el Señor.

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Para tener una buena relación con Dios es necesario estar muertos al pecado, al mundo y sus malos rumbos.

Es necesario sentir que nuestra alma está apta, limpia, y que somos verdaderamente como Jesús es, santos.

La Biblia lo dice: “Mis ojos pondré sobre los fieles de la tierra, para que estén conmigo; El que ande en el camino de la perfección, este me servirá” Salmos 101:6.

Para conocer la voluntad de Dios también es necesario ser amigo de Dios, la amistad es una de las claves fundamentales.

De nada nos sirve conocer tener infinidades de relaciones interpersonales, si Jesús no encabeza la lista de amigos que se tiene. Debes creer en Jesús para hacerlo tu amigo.

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Se dice popularmente que entre amigos no hay secretos, que entre amigos se cuentan absolutamente todo.

Pero es que no hay nada mejor que ir a donde el único y verdadero amigo y contarle nuestros sueños, nuestros planes, no hay mejor decisión que aquello de lo que queramos hablar decidamos hablárselo a él.

A veces creemos que podemos ocultarle cosas al Señor, pero hasta aquellos defectos que nadie conoce de nosotros él los conoce, hasta aquello que aflige nuestro corazón en la soledad él lo conoce.

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Que bueno sería reconocer que no importa nada más que lo Jesús quiera hacer en nosotros.

Bienaventurado seríamos si entendiésemos y dejáramos que sea Dios quien decida por nosotros.

Que incluso nuestros defectos le entregáramos sin reserva alguna, que luego que él esté por encima de todo, él mismo se encargará en su precioso tiempo de ir agregando lo demás.

Si en estos últimos tiempos entendiésemos que no se trata de qué cargo tengo, de qué tan tomado en cuenta soy en la congregación.

Si tengo el celular del año o la ropa de última colección, entenderíamos que nuestros planes se quedan cortos a lo que son los diseños de Dios.

Aquí lo que verdaderamente te va impulsar hacía delante es cómo está tu corazón delante de Dios, porque es que delante de los hombres las apariencias pueden engañar.

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Humanamente tendemos a pensar que el que hace la voluntad de Dios es el diácono, el presidente de la juventud, el que canta o toca y no.

Es más importante la intimidad con Dios, que los títulos otorgados por preceptos humanos, es más importante lo poco que se pueda conseguir bajo la dirección del Señor, que lo mucho que se consiga bajo preceptos humanos.

Nuestros cortos y limitados pensamientos jamás llegarían a imaginarse todo lo que Dios ya tiene provisto para cada uno de los que hoy le servimos.

Pero jamás llegaremos a conocerlos si no deseamos antes que nuestros propios sueños, sus planes infalibles.

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Por eso, nuestra vida no debe centrarse en lo que el “yo” decida. Decía el apóstol Pablo; “Ya no vivo yo, más ahora vive Cristo en mí”.

Ya no son mis decisiones, ya nos son mis planes, es su voluntad, y antes que cualquier otro interés, el que Jesús viva en cada uno de nosotros siempre será lo mejor.

El morir para Cristo jamás será una pérdida, quien muere para Jesús y así mismo le permite vivir a él.

Ha tomado la mejor decisión para sí mismo, por eso y más, procuremos que siempre podamos decir:

¡Señor, que siempre sea tu voluntad y no la mía!

Por: Ledis Messino

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