Cuál es la clave para dar fruto en la vida cristiana

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Cuál es la clave para dar fruto en la vida cristiana

Cuál es la clave para dar fruto en la vida cristiana

Para iniciar, tomaremos como referencia una parábola que encontramos en la palabra de Dios en el libro de Mateo 13:24-30. Hablaremos sobre el tema: ” Cuál es la clave para dar fruto en la vida cristiana”.

La cual nos hace referencia a un hombre el cual sembró buena semilla en su campo, pero mientras dormía su enemigo sembró también cizaña dentro del trigo.

Y podemos ver que al crecer la hierva y dio fruto, creció también la cizaña, pero aquel hombre no permitió que sus trabajadores arrancaran la cizaña.

Sino hasta que crecieran ambas cosas al tiempo y luego quitar primero la cizaña, quemarla y después recoger el trigo en su granero.

Es importante que miremos el significado de esta parábola, miraremos algunas características:

  • Los hijos del reino son comparados con el trigo
  • Los hijos del maligno son comparados con la cizaña
  • El campo hace referencia al mundo
  • El que sembró la buena semilla es el hijo del hombre
  • El que sembró la mala semilla es el diablo

Existen dos clases de fruto en este campo, frutos buenos y frutos malos.

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La palabra de Dios nos enseña ambos frutos: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley” Gálatas 5:22-23. Aquí podemos ver el fruto bueno.

Y el fruto malo lo encontramos en Gálatas 5:19: “Manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas”.

Nuestro Dios toma la naturaleza que él mismo creó para compararla con su magna creación que es el hombre, y es necesario que prestemos atención al porqué el Señor hace estas comparaciones.

Debemos interesarnos en averiguar ¿Qué tiene el trigo, que como iglesia nos debamos parecer a él?

Por esa razón, debemos profundizar las maravillosas características que tiene esta plata, y ojalá podamos guardarlas en nuestro corazón, mente y lo podamos cumplir a cabalidad en nuestras vidas.

El trigo es una planta gramínea, es una hierva; su fruto lo bota en espiga y nace a través de una semilla.

Su tallo está compuesto por nudos y no tiene ramas, sus hojas salen del tallo y de forma lanceoladas.

Y en la palabra de Dios aprendemos también, que para que el trigo lleve mucho fruto debe caer en tierra y morir, pero este no muere completamente, y si no muere quedará solo y no dará frutos.

Cuando una persona muere totalmente no hay esperanza para ellos, porque mientras tenemos vida.

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También tenemos esperanza, y no es necesario que una persona se muera física mente para que haya esperanza para ella.

Cuando nosotros nos estregamos al Señor Jesucristo lo podemos comparar con el momento en que somos sembrados.

Cuando nos entregamos tenemos contacto directo con Dios y lo compararemos con la humedad y calor de suelo que nos da fuerza para poder crecer en él.

Y cuando nosotros sentimos la presencia de Dios no queremos salir de allí, queremos que pase el tiempo porque es un calor abrazador el de nuestro Dios.

Es así que cuando entregamos a nuestro Dios comenzamos a vivir una vida nueva en él, pero resulta.

Que sí como el trigo debe alimentarse, nuestra vida espiritual también debe hacerlo y así poco a poco despojarnos de nuestro pecado.

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La Biblia nos dice: “Despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos” Efesios 4:22.

Es decir, cuando nuestra vida comienza a llenarse del poder de Dios, ese ser exterior, ese viejo hombre debe desaparecer de nuestra vida.

Necesitamos tener contacto con la palabra y la presencia de nuestro Dios.

Para muchas personas la palabra muerte les causa temor, miedo o incertidumbre, pero hay una muerte que da satisfacción y que rejuvenece, es la muerte al pecado.

La muerte a eso que nos acedia y afea la vida espiritual de un creyente, la muerte a aquello de lo cual es difícil desarraigarnos.

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El secreto está en alimentar nuestra vida espiritual, tener contacto con la humedad y el calor de la palabra de nuestro Dios y así iremos muriendo a nuestro viejo hombre y a una vida llena de pecado.

No hay mayor satisfacción que sentirse libre de delitos y pecado y ser una nueva creatura en Dios.

La verdadera muerte, es renunciar a nuestra voluntad y dejar que la voluntad de Dios gobierne nuestras vidas, renunciar a lo que la carne nos pide.

Y siendo nuevas creaturas no podemos permitir que el enemigo pueda venir nuevamente y contaminar la obra maravillosa que el Señor ha hecho en nuestras vidas.

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Cuál es la clave para dar fruto en la vida cristiana.

Porque aunque estemos en el mundo no debemos contaminarnos de las cosas del mundo.

Claramente no los dice la palabra de Dios: “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿Qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas?” 2 Corintios 6:14.

Nosotros debemos conservar nuestra identidad como cristianos, no debemos perderla porque tenemos una sola identidad y es la que se parece al Señor Jesucristo, por eso nadie puede venir a ponernos otra identidad.

Pueden venir muchas cosas, modas e ideas del enemigo, pero en la palabra de Dios encontramos lo que el Señor quiere para nuestras vidas.

El Señor es quien nos cuida, él es nuestro protector y pronto auxilio en las tribulaciones y aunque el enemigo envíe dardos, él está con nosotros como poderoso gigante.

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Es necesario que reflexionemos en la clase de fruto que estamos ofreciendo a los que están a nuestro alrededor, qué clase fruto le ofrecemos a nuestra familia.

Reconozcamos que en nuestras vidas muchas veces tenemos cosas que deben morir, porque es necesario que nos convirtamos en un fruto de trigo y no un fruto de cizaña.

Vale la pena seguir los pasos de nuestro Dios, vale la pena serle fiel, vivir una vida en santidad.

Y dar buenos frutos a través de nuestro ejemplo y así podamos también ganar muchas almas para nuestro Dios.

Por: Ledis Messino

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