El pecado nos separa de Dios

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El pecado nos separa de Dios

El pecado nos separa de Dios

En la Biblia, se menciona la historia de un joven con sumas riquezas, un joven lleno de propiedades y valor económico, capaz de tener casi que absolutamente todo. Hablaremos sobre el tema: “El pecado nos separa de Dios”.

Pero así como se describe a tal muchacho, se habla de que solo le faltaba una cosa para tener en sus manos realmente todo, “casi que era todo un ganador”.

Pero ese algo que le faltaba era la limitación que no le permitía estar lleno plenamente.

Cuando alguien está a punto de tenerlo todo, ese deseo, esa llama de conseguir esa plenitud se vuelve más intensa, esa búsqueda del “qué me hace falta” se convierte más vehemente.

Y Jesús al encontrarse con aquel joven rico le dijo: “Te hace falta una cosa”, imagínense entonces la intriga de aquel muchacho queriendo por fin hallar su plenitud.

Al escuchar esas palabras del maestro, podríamos pensar que sintió que por fin hallaba respuesta.

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Atento a las palabras del maestro, guardó silencio y seguía escuchando porque el lugar donde estaba aquel tesoro eminente y escondido, él quería saber.

Entonces Jesús lo miró y con sutileza le dice “vende todo lo que tienes, repártelo entre los pobres, luego ven y sígueme. Tendrás tesoros en los cielos”

Dios nunca ha estado interesado en quitarle a nadie, en empobrecerlo, al contrario, el Señor busca enriquecer.

Y para los que conocemos la historia del joven rico que no quiso despojarse de sus bienes por seguir a Jesús, podemos deducir que este muchacho no lo entendió así.

Si hablamos sobre conceptos de estos términos, sabemos que las riquezas son poseer grandes cosas, patrimonios, propiedades, cuentas bancarias, altas sumas de dinero, fincas, raíces, entre tanto tesoro material.

Pero la Biblia sólo le da un significado a esto, el tesoro es donde está tu corazón, es en donde pongas a este mismo, ese es el verdadero tesoro.

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De tal manera, que bajo estas definiciones lo que es tesoro para algunos, quizá para otros no necesariamente lo es.

Hay corazones que hallan tesoros en cosas vanas, cosas que no edifican, que tienen por primer lugar lo material, antes que nada.

Por eso, hay que ser muy cuidadosos con los que nos enseña la palabra del Señor, ella nos previene, nos advierte, diciéndonos que no hay cosa más perversa que el corazón.

Dice la Biblia, “engañoso es el corazón y perverso, más que todas las cosas”.

Nadie le puede ganar en perversidad, es tan perverso que recién Dios había creado al hombre, el corazón del hombre ya le apostaba al pecado.

Escrito está, que vio Jehová tanta maldad en el hombre y que todos los designios de su corazón eran continuos solamente al mal. No menciona que algunos, dice que todos.

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Todo lo que contamina al hombre, todo lo que rodea al hombre, el mundo lleno de maldad, pecados, inmundicia, ¡todo proviene del corazón del hombre! Los malos pensamientos, los homicidios, las guerras, la envidia, todo lo que contamina es su corazón.

El corazón es tan perverso que siempre tiene mala puntería a la hora de atinar a los tesoros, nunca decide bien y todo lo escoge es para mal, cosas que no convienen.

Como la decisión que tomó aquel joven rico. Pobre de aquellos corazones que solo están inclinados a cosas vanas y que no valen la pena.

Un corazón guiado por Dios sabe que su tesoro no es nada que pueda tener valor terrenal, sabe que lo que recibirá a cambio.

Cuando ya haya soltado las supuestas riquezas de este mundo, es valuado 100 veces más de lo que se puede adquirir en esta tierra.

A demás, como si fuese poco, también recibieran la vida eterna. Así que ¿no cree usted que vale pena soltar lo que sea que se tenga?

¿Sabe que hay un joven rico, que verdaderamente es rico? No es del que mencionamos anteriormente.

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El pecado nos separa de Dios.

Este es otro y tan rico es que suya es la plata y el oro, el mundo y su plenitud e incluso los que en él habitan también son suyo.

Dueño del universo, de todas las cosas, dueño absoluto de todas las cosas, ¡Es rico de los ricos! Se llama Jesucristo.

El reino de los cielos es semejante al mercader buscando tiendas, que al encontrar lo buscaba no se retractó en dar todo lo tuviese por esa sola piedra, pagó lo que sea por ese tesoro; y la Biblia dice, que vendiéndolo todo, la pudo comprar.

Así que, si aquí es preciso entregarlo y venderlo todo por aquello que se anhela con todo el corazón y que tiene un precio no tan asequible.

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Se entrega y se vende todo, porque es lo que se ansia, lo que se aspira.

Nosotros estábamos escondidos del rostro de Jesús por nuestro perverso corazón, pero ciertamente él se entregó en aquella cruz y llevó todas nuestras enfermedades y sufrió todos nuestros dolores.

Él fue herido por nuestras rebeliones, murió por nuestros pecados, fue preciso que él fuese castigado y por sus heridas fuimos nosotros curados.

Estamos desarrollando el tema: “El pecado nos separa de Dios”

El autor de la vida, teniéndolo todo, siendo hacedor y propietario de todo lo que pueda llegar a existir, dueño del cielo y de la tierra, lo entregó todo en aquella cruz del calvario solo por ti y por mí.

Así que imaginemos y pensemos en cuánto le costó a este mercader darlo todo por esa piedra llamada iglesia.

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El pecado nos separa de Dios.

Porque es que debemos conocer la gracia infinita de Dios, que siendo el más rico de los ricos se hizo pobre, para que al entregarlo todo, tú y yo seamos dignos de llamarnos esa perla preciosa.

Que Dios nos regale espíritu de sabiduría y revelación para que por fin entendamos las riquezas que tenemos en su gloria, para que entendamos dónde realmente se encuentra nuestro preciado tesoro.

Esta es la amada del cordero, somos nosotros por quien él dio su vida, somos su piedra invaluable y preciada, una perla preciosa.

¿Sabía usted que las perlas preciosas son el único tesoro que es producto de algo vivo? A diferencia del oro, la plata y entre otros más.

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Es la única perla preciosa que brota de un ser vivo, y para obtenerla les cuesta la vida a las otras, reciben heridas para poder tomarlas de dentro de ellas.

Amados hermanos, ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que hemos de ser y recibir.

Pero una cosa sí sabemos, que si a lo que tenemos en este mundo palpablemente hay que renunciar, renunciamos, aunque cueste.

Porque hemos sabido y también creído que nuestra recompensa y tesoro más grande está en los cielos.

Así que, por favor, no seamos de corazones perversos.

Por: Normando Calderón

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