Pentecostés – Fiestas Judías

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Pentecostés - Fiestas Judías

Pentecostés – Fiestas Judías

Pentecostés – Fiestas Judías, eran fiestas dedicadas a Jehová, estas eran de regocijo, de celebración, de acción de gracias, fiestas de reconocimiento. Una de estas era la de pentecostés.

La fiesta de pentecostés

Es propicio mencionar que muchas personas desean recibir el Espíritu Santo, pero no entienden que es más que pedirlo, se trata de venir con acción de gracias ante su presencia.

Hace falta muchas veces que reconozcamos que él es Dios; si al levantarnos todos los días brindáramos un reconocimiento a él, todo sería distinto en nuestra vida diaria

Pentecostés era una celebración de gratitud.

Anteriormente las fiestas judías eran realizadas no para pedir, pues los judíos entendían que ya Jehová les había dado, ya había sido bueno con ellos, así que decidían hacer una fiesta para dar gracias, una celebración de gratitud.

Al empezar alguna cosecha, esperaban el primer fruto y lo daban como ofrenda, lo primero que sacaban de esa cosecha lo dedicaban a Dios, sin saber si el resto de ella seguiría dando fruto.

Esto lo hacían como acto de dependencia y reconocimiento, lo ofrecían con agrado a su Dios; esas primicias eran en acto de fe, porque confiaban en que Dios, quien les proveía, lo seguiría haciendo.

Las fiestas judías, en este caso la de pentecostés (también llamada la fiesta de las semanas), se hacía el octavo día de la séptima semana de haber recogido la primera gavilla, es decir, el día 50 después de haber recogido esa gavilla.

“Desde el día en que ofrecisteis la gavilla de la ofrenda mecida; siete semanas cumplidas serán. Hasta el día siguiente del séptimo día de reposo contaréis cincuenta días; entonces ofreceréis el nuevo grano a Jehová”. Levíticos 23:15-16.

Hasta que no iban a la fiesta a dar gracias y a celebrar, no tocaban nada de la cosecha, no preparaban nada, no la consumían, porque esperaban el día de pentecostés, el cual era un día especial.

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Necesitaban llevarle a Dios esa ofrenda que él les había permitido recoger.

Tengamos siempre presente que todo lo que recibimos viene de parte de Dios, nuestro sustento es él.

Así que es fundamental nunca olvidar darle en reconocimiento de lo que ya nos ha dado.

La gratitud de este pueblo era tanta pues ellos entendían que todo está bajo la voluntad de Dios y que lo poco o mucho que tenían era dado por él, sabían que:

  • La tierra donde cultivaban era hecha por Jehová.
  • El grano necesario también era creado por él.
  • La lluvia que era el método de riego, él la mandaba de los cielos.
  • El sol necesario para el crecimiento, había sido creado por él.

Entonces reconocían que la cosecha era de Dios y que solo él les permitía tener, sentían dependencia absoluta de él.

Era grande el motivo por el cual celebrar y rendir reconocimiento al Dios dueño de todo y de todos.

“Reconoced que Jehová es Dios; él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos…” Salmo 100:3.

En el día de pentecostés se hacían ofrendas o sacrificios de animales, donde las encendían para que subiera como olor grato hasta Jehová.

El campamento de Israel tenía ese olor permanentemente, había un sacrificio continuo, antes de celebrar la fiesta de pentecostés y hacer el sacrificio propiamente, se elevaba un incienso que subía a la presencia de Dios.

Una vez que el ambiente estaba preparado, traían dos panes de la nueva cosecha y el primero lo servían a Jehová ya que era el dueño de todo, pero hay una simbología en estos dos panes.

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Desde que Adán y Eva pecaron, ya en la tierra Dios no tenía pueblo porque ellos le habían desobedecido.

Al transcurrir el tiempo Dios miró entre los hombres y vió a Abraham que añoraba sentir la presencia de Dios.

Abraham veía los ídolos y sabía que debía existir un Dios totalmente poderoso no como los ídolos de materiales que podían romperse, sino uno que nada ni nadie lo pudiese acabar.

Y un día mientras trabajaba, sintió una voz que lo llamó, era el Dios vivo, es ahí donde vemos cómo Dios empezó a fabricar el primer pan, era a través de Abraham.

Dios le dijo que lo había escogido, que le daría un lugar diferente e hizo un pacto.

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Ya tenía a Abraham y sabía que por medio de él recuperaría su pueblo; Dios estaba haciendo un pan hermoso, ese pueblo que se había extraviado, lo juntaría.

Pero un solo pan no era de satisfacción para él, decidió tener dos panes, ya tenía uno, ahora trabajaría por hacer el otro que quería.

En la fiesta de pentecostés se reflejaba el anhelo, el deseo de Dios tener dos panes, es decir, no solo un pueblo sino dos, para hacer de estos un solo.

En la Biblia encontramos a Pablo hablando del propósito eterno de Dios que se propuso en Cristo, de juntar todas las cosas en él y de los dos hacer un solo pueblo.

“dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra.” Efesios 1: 9-10.

Y en la fiesta de pentecostés esos dos panes simbolizaban dos pueblos.

Cuando Dios se propone a hacer algo lo hace de la mejor manera, él es especialista en concebir lo que humanamente parece imposible.

La forma en la que decidió unir los dos pueblos fue viniendo a la tierra a morir por cada uno de nosotros.

Y en todo su recorrido aquí en la tierra, sembró, regó y espero pacientemente, y cuando llegó el momento de recoger la cosecha.

La primera y única espiga buena en la tierra era Jesús, el mismo, nadie más lo era.

Fue él el sacrificio y con su muerte eso que separaba a los dos pueblos lo destruyó, pues él por todos murió.

Sabemos que resucitó y subió al cielo, pero esa siembra que hizo aquí en la tierra dió frutos.

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Pentecostés – Fiestas Judías.

Todas esas espigas de su cosecha estaban el día de pentecostés juntas en el aposento alto, esa masa que había estado preparando tomaría forma ese día, en una de las fiestas judías.

Hubo un estruendo en el cielo y un viento recio, “y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” Hechos 2:4.

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Desde ese día Dios, encendió el fuego y nadie lo puede apagar.

Hoy todo aquel que desee ser lleno con el poder del Espíritu Santo puede llegar a la presencia de Dios como ofrenda de olor grato.

Regocijado en las maravillas que él ha hecho, agradecido de su amor y sacrificio en la cruz.

Alguien rendido al único que lo merece, recibirá de su poder porque el Señor, un corazón contrito y humillado no despreciará.

Pastor: Álvaro Torres

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